viernes, 18 de junio de 2010


El guerrero samurái, extenuado y respirando aún abruptamente, mantenía su katana estirada como prolongación de su brazo mientras miraba de reojo los cadáveres que le circundaban y que inermes, cubrían el campo de batalla. Mientras, la última gota de sangre se suicidaba dejándose caer lenta y religiosamente desde el filo de la espada, recorriendo la breve distancia que le separaba del árido suelo, no sin antes y entre medias, oír el último graznido del solitario cuervo que había observado la enfervecida y elegante lucha por la supervivencia desde el árbol de Sakura más cercano.

lunes, 7 de junio de 2010

La manera de recogerse el pelo


Se conocieron en la boda del francés, un amigo común. El encuentro se produjo en una pequeña villa cerca de la frontera con el país galo. Serena. Nico. Serena despedía una delicada sutileza sólo digna de miradas sensibles a los mínimos detalles. La prolija sensualidad de cada paso sobre las piedras del jardín, su hundido olor corporal, sus marcados hombros, cada uno de sus estilizados dedos, el anillo en su pie derecho, la tinta discontínua que subía de su talón izquierdo hasta la corva, los finos tirantes de su vestido, las dispersas pecas de su espalda, la caída de su mirada, el bello susurro de su voz, la tersa piel de su cuello, el sutil balanceo de sus pendientes, la dura tirantez de su pelo, la marcada nocturnidad de su columna vertebral, el huidizo mechón de su recogido, la profunda alevosía de sus ojos...
Tres puñaladas en el cuello, con la aguja del pelo, bastaron para lacrar el último aliento de Nico bajo las aguas del pequeño lago de nenúfares que acogía el desposorio.

A ella, de él, no le atraía nada.


lunes, 24 de mayo de 2010

Apaga tus excusas



Corta las bridas de tu ruido mental, aparta ya el miedo de una vez y haz lo que tengas que hacer. Es más tarde de lo que piensas.

lunes, 5 de abril de 2010

Desposorio



Y a la llamada de los novios no acudió nadie.

lunes, 1 de marzo de 2010

Viaje noctívago


Aparecí en el país helvético para encontrarme con unos buenos y viejos amigos. El pequeño Danilo impulsó aún más ese encuentro, así como el rápido devenir y la longeva distancia que nos separan. Fue en Basilea y después en Berna donde discurrieron unos deliciosos días, largos y tranquilos, lejos de Brasilia, lejos de Madrid.
En Berna, nos alojamos en la casa de unos familiares, una casa baja de dos pisos, con aspecto apacible y pintada de color pastel, era un cobijo entrañable que daba a un jardín maravilloso de plantas de todos los géneros y tamaños. Este jardín finalizaba en un pequeño local contiguo, el cual, ejercía de conservatorio a la vecindad y del que por sus destartalados ventanucos salían a respirar alegremente las negras y las blancas, las corcheas y las locuaces semicorcheas. Los silencios, invisibles para los oídos, salían dignos y respetuosos a sus marciales tiempos mientras observaban con desdén el alboroto de sus compañeros de partitura en ese recreo musical imperante. Las síncopas saltaban de planta en planta de manera desordenada, las negras se posaban presumidas en las rosas amarillas de manera rítmica, así como las redondas se olvidaban durante cuatro tiempos de cambiar de arbusto.
Por la noche ya, los anfitriones, después de una exquisita cena y una serena y miscelánea conversación en francés, español y brasileño, nos acomodaron en nuestros aposentos como si de un pequeño hotel rural se tratara.
Mi camarote era amplio, el ventanuco daba al jardín y una vasta y maravillosa biblioteca cubría la extensa pared de la cabecera de mi cama, como si de un mascarón de proa de un navío del siglo XVI se tratara. Eleven anclas, zarpamos. Cientos de tripulantes observaban mis movimientos en cubierta como a un ser extraño proviniente de una tierra lejana, mientras no dejaba de intentar descubrir cuales eran sus nombres. Todas sus miradas se me clavaban como arpones en alta mar, mientras ya sólo me interesaba en algunos de ellos. Alcancé a examinar a alguno de ellos tranquila y sosegadamente, entre los rumores que salían del fondo bibliotecario. Según transcurría el tiempo, algunos empezaron a serenarse por mi continuada presencia entre ellos, otros aún mantenían cierta tensión y otros, orgullosos de sí mismos, continuaban sin dirigirme la mirada.
Cayendo suavemente la noche, creció mi interés por aquella lustrosa biblioteca aunque el cansancio acumulado durante el día venció finalmente mis últimas fuerzas y caí serena y contundentemente como una estatua derribada en favor de los derechos de los hombres. Comenzaba el viaje. A lo largo de toda la noche, tuve que enfrentarme a todos y cada uno de los tripulantes del navío, unos cayeron pronto, otros se rindieron sin más, otros ofrecieron resistencia, y algunos más resultaron durírismos de doblegar, pero a primera hora de la mañana, con el primer rayo de luz, extenuado y casi enfermo por la agotadora lucha, abrí los ojos sintiendo todo el saber adquirido de aquellas almas pertenecientes a los múltiples tripulantes durante aquel dispar viaje noctívago.

martes, 26 de enero de 2010

Remar hacia el interior



Mientras el océano saluda fatigado y juvenilmente a su llegada a tierra firme, otros parten a dialogar por alta mar recordando que hubo un tiempo en que descubrir otros horizontes era un privilegio o la única oportunidad de unos pocos de correr una aventura restringida solamente a valientes, desesperados y buscavidas. La vuelta siempre era duda.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Andrew Bird


Un tipo que introduce la palabra "palíndromo" en sus letras merece un respeto o como mínimo una original curiosidad. Sólo, delgado y simpático se presentó el de Illinois ante el público madrileño con todos sus sonoros juguetes a cuestas. En calcetines y ayudado de una extensa pedalera, deleitó durante 14 canciones a toda la platea que había agotado las entradas días antes. Un augusto silencio reinó en la sala durante todo el recital embaucador de sueños sonoros e imaginaciones escondidas en cada uno de los instrumentos que acarició.

Nuevos y bellos regalos repartió tales como "Oh no", "Masterswarm" o "Effigy", sin olvidarse de viejas joyas como "I" o "Imitosis", terminando con Dylan y una larga versión de su bella y somnolienta "Weather Systems". Virtuoso del violín y autoproclamado silbador profesional, imitó a aquel flautista de los Hermanos Grimm dejando sonar el firme y cálido silbido que podría haber utilizado como cebo para guiarnos calle abajo, llenando una y otra vez todas las salas de las ciudades incluídas en su gira. No dudaría ni un segundo en seguirle.