viernes, 17 de enero de 2014

La viabilidad del pan




Hace un año...

"La Dirección ha convocado a los Representantes Legales de los Trabajadores para una reunión informativa mañana, 31 de octubre a las 12 horas a la que asistirán la Directora General, la Directora de Proyectos y el Director Financiero y de Recursos. La información, citamos textualmente versará sobre el Plan de Viabilidad. Un saludo".

LLegada la hora, a la Dirección se sumaron dos asesores externos. El plan de viabilidad para seres agonizantes tenía forma de carpeta, negra. Cuatrocientas cuarenta páginas cargadas de balas infinitas contra el despilfarro, la incompetencia, la mala gestión y la hipocresía más rancia. Las caras largas y los gestos medidos se movían ineficazmente entre silencios duros como muros de hormigón. Las risas habían sido desterradas al ostracismo mientras que determinados gestos formaban la mano de obra del proceso de deshumanización que estaba tomando forma. El destino del transatlántico pasaba de mano en mano abriéndose paso entre la desolación y las firmas constatadoras del hundimiento, mientras daban fe de la ya no tan futura consternación. 
El asesor asestaba machetazos con cada palabra que pronunciaba mientras el comité, abrumado, observaba la reducción del ángulo de caída del árbol de la esperanza hasta alcanzar la horizontalidad más sepulcral. El eco del golpe hizo tambalear todas las copas del bosque oficinesco. Mientras el miedo tomaba asiento, a través de la cristalera, los labios del guillotinador concluían el número de víctimas ideales para aquel tipo de matanza. La sentencia concluyó que en un período no superior a un mes, siete de cada diez condenados subirían los escalones del patíbulo. La angustia se envolvía en el silencio para protegerse de los gritos.

A través de la cristalera ví terminar la función, me acerqué a la salida de emergencia y pulsé el botón: "Presionar en caso de incendio. FUEGO".





martes, 26 de noviembre de 2013

Perfect Day


                                                                                                                       

"Perfect Day" de Lou Reed es un ánfora olvidada en un rincón del océano. Su tiempo, sus palabras, sus cuerdas al aire son violines golpeando la intención de que se resquebraje la tierra. Siempre la recordaré a todo volumen aquel año 2005 mientras en la televisión, muda, se quemaba  majestuosamente el edificio Windsor de Madrid.

(Foto: © Julio González)

lunes, 3 de junio de 2013

La sinfonía inacabada


¡Ay amigos! ¡el tiempo!, ese que mece las alegrías y las penas de los hombres como a un niño en su cuna, se deja embelesar por el baile de máscaras a la luz de esa pelea sin ganador, de ese continuo sufrimiento de las rocas por las olas del océano. El declive despuntará cuando el sol se ahogue en el horizonte de los anhelos.
Dejaría el trabajo ahora mismo para leer toda la poesía publicada desde los comienzos de la humanidad, me quedaría horas respirando el mar, esperando la llegada de algún barco de vela latina. Huiría observando a la tierra menguar. Las olas del océano, sin acordarse de la extinción del hombre, seguirán avanzando como una sinfonía inacabada mientras las ballenas aparcarían su miedo asomándose a ver la playa.
Escucharía toda la noche el ladrido del perro cansado de servir al hombre. Me quedaría quieto en mitad del bosque hasta escuchar al búho ulular, y sólo entonces, retomaría mi cansancio hacia la desesperanza. 
Entraría cada año a una farmacia para contrastar los niveles poéticos de mi corazón y sopesaría escrupulosamente la agonía de mis alientos. Abriría todas las puertas hasta encontrar el miedo. Habitaría una cabaña en mitad del bosque, lejos de todo. El balanceo de los chopos kilométricos advertiría la llegada de intrusos mientras todos los animales del bosque compartirían mesa en mitad de un claro.
El sonido de las trompetas convertiría los edificios de ladrillo en montañas milenarias, sepultando el honor de los hombres. Al amanecer, miles de caballos rebasarían al galope las colinas dejando sin amaestrar los ecos infinitos de sus cascos. Sus crines se moverían con la misma languidez que los cabellos serpenteantes de una mujer desnuda postrada contra el viento. Las curvas de su cuerpo frente al mar modularían los vientos para evitar, como un faro apagado, la llegada de barcos.

La grandeza de los actos

Ver pegar a un perro es una de las pocas excepciones por las cuales sería capaz de meterme en una pelea. Abusar de la fuerza, a sabiendas de que el otro es más débil que tú, define la cobardía.
Tengo perros desde hace 30 años y, ahora trascurridos 13 años, la vejez se cierne sobre mi querida perra Flora. El tiempo empieza a terminar de esculpir su trabajo, a impedir sus movimientos, a obstaculizar sus pasos con las barreras de la sordera y la ceguera. Sus ojos siguen siendo los mismos, su belleza y fidelidad continúan intachables. De pocos humanos podría decirse tanto. Observando la actitud durante toda su vida, me pregunto por qué hay que tener más respeto a una persona que a un perro. No me cabe la menor duda de que la vida de la mayoría de estos animales ha sido mucho más ejemplar que la de muchos hombres. No sé por qué el ser humano se ha autodesignado rey de la tierra por encima de los animales y las plantas. El planeta no es tuyo, ser miserable.
Entonces te encuentras con historias como ésta que hacen brotar la emoción. La aventura relata la convicción de un tipo, que llegando la vejez de su perro, sordo y medio ciego, se lo llevó de viaje en bicicleta por Australia, a modo de agradecimiento.

Todavía queda grandeza entre tanta mediocridad.

http://www.schnauzi.com/hombre-lleva-perro-15-anos-sordo-y-medio-ciego-a-dar-su-ultimo-paseo-alrededor-australia/

domingo, 2 de junio de 2013

Las puertas del océano


Seguimos olvidándonos del tiempo y entre el ruido pasajero desdeñamos que es más tarde de lo que pensamos. Ahogamos la conciencia en el paisaje de la velocidad mientras seguimos poniéndole precio a las personas. Continuamos buscando el incólume rédito al aire que respiramos a la vez que la prisa, compañera fiel del viento, obstruye nuestros oídos exiliando a la humanidad en la cuneta. Mientras la pendiente alcanza su punto de inflexión en su camino hacia el acantilado, la bicicleta que nos jactamos de conducir sin manos comienza a acelerar para abrir, de par en par, las puertas del océano.

lunes, 1 de octubre de 2012

El cielo isósceles


Acostado bajo el triángulo isósceles, el silencio rodeaba la estancia elevando los sueños dos metros por encima del suelo mientras el sol abría sus ojos sobre la madera. Las campanadas del Convento de la Encarnación se empecinaban en recordar la cruzada contra el tiempo. La llave roja abría el contubernio palacio a los abuhardillados príncipes mientras la azul descorchaba las escotillas tiznadas de futuro. Cada mañana el pequeño pueblo se desperezaba como una alfombra persa mientras la calle adoquinada custodiaba bajo llave el antiguo olor a pólvora y sangre de sus muros.
El ruido cercaba a distancia este oasis como el mar lo hace a una isla. Corría la calle cuesta arriba al ritmo de la madera policromada de los portales que esperaban la próxima lluvia. Entre olas de bolardos, los coches de policía acuchillaban el silencio y cantaban como las sirenas tentando a Hércules.
La taberna de enfrente y antigua carbonería, dispensaba manjares y buenos caldos a quien cruzaba su umbral, compartiendo mesa y conspiraciones con antiguos truhanes y golfos que en aquel local se refugiaban.



martes, 25 de septiembre de 2012

La mirada del ciego


El conglomerado de políticos con alzas discute las reglas de un mundo lejano. Juegan con cartas marcadas fiándose de un antiguo astrolabio. La brújula señala ilusiones imantadas. Sentado, observo detenidamente los árboles encuadrados en los ventanales que tengo enfrente como el políptico de la Adoración del Cordero Místico de los hermanos van Eyck en la catedral de Gante.
Retiro mi atención unos segundos y la muerte se deja oir. Un sonido engastado, con cuerpo, adusto. Un cristal sucio y compacto tiembla como un columpio atormentado al ver huir a su presa. La libertad no atiende a semáforos. La muerte en forma de paloma y trazada con un tiralíneas bañado en oro, cae desde la cuarta planta con la fuerza de un mate baloncestístico. Unos segundos antes, el sentido de la vista se hubiera sumado a la defunción. 
Allí está, inerte y pisoteada como la acera en la que yace. 

El país deambula tan desorientado como la mirada de un ciego, mientras la palabra rumbo se deshilacha del diccionario de la Real Academia de la Lengua.