¡Ay amigos! ¡el tiempo!, ese que mece las alegrías y las penas de los hombres como a un niño en su cuna, se deja
embelesar por el baile de máscaras a la luz de esa pelea sin ganador, de ese continuo sufrimiento de las rocas por las olas del océano. El declive despuntará cuando el sol se ahogue en el horizonte de los anhelos.
Dejaría el trabajo ahora mismo para leer toda la poesía publicada desde
los comienzos de la humanidad, me quedaría horas respirando el mar, esperando la
llegada de algún barco de vela latina. Huiría observando a la tierra menguar. Las olas del océano, sin acordarse de la extinción del hombre, seguirán avanzando como una sinfonía inacabada mientras las ballenas aparcarían su miedo asomándose a ver la playa.
Escucharía toda la noche el ladrido del perro cansado de servir al hombre. Me quedaría quieto en mitad del bosque hasta escuchar al búho ulular, y sólo entonces, retomaría mi cansancio hacia la desesperanza.
Escucharía toda la noche el ladrido del perro cansado de servir al hombre. Me quedaría quieto en mitad del bosque hasta escuchar al búho ulular, y sólo entonces, retomaría mi cansancio hacia la desesperanza.
Entraría cada año a una farmacia para contrastar los niveles poéticos de
mi corazón y sopesaría escrupulosamente la agonía de mis alientos. Abriría todas las puertas
hasta encontrar el miedo. Habitaría una cabaña en mitad del bosque, lejos de todo. El balanceo de los chopos
kilométricos advertiría la llegada de intrusos mientras todos
los animales del bosque compartirían mesa en mitad de un claro.
El sonido de las trompetas convertiría los
edificios de ladrillo en montañas milenarias, sepultando el honor de los
hombres. Al amanecer, miles de caballos rebasarían al galope las colinas dejando sin amaestrar los ecos infinitos de sus cascos. Sus crines se
moverían con la misma languidez que los cabellos serpenteantes de una mujer
desnuda postrada contra el viento. Las curvas de su cuerpo frente al mar modularían los vientos para evitar, como un faro apagado, la llegada de barcos.